Síntomas de la perimenopausia: por qué a veces tardamos años en relacionarlos

Mujer con gafas, atractiva, mirando pensativa por la ventana

Olvidos, dolor articular, un peso que no responde, insomnio y una irritabilidad que no reconocías. La historia de cómo esos síntomas de la perimenopausia, como piezas de puzzles diferentes, durante años no encajaron para mí.

Durante un tiempo pensé que podía tener Alzheimer precoz. Tenía poco más de 40 años y había empezado a olvidar cosas importantes, cosas que antes no olvidaba. Mi abuela había desarrollado Alzheimer con poco más de 60 años y aquella posibilidad empezó a rondarme la cabeza con una insistencia que me asustaba. ¿Por qué no podía pasarme a mí?

Fui al neurólogo y las pruebas estaban bien. Me dijo que a mi cerebro no le pasaba nada. Aquello debería haberme tranquilizado, y en parte lo hizo, pero no consiguió borrar una sensación que yo tenía muy clara: algo había cambiado.

Y aquel problema de memoria no fue un episodio aislado. Durante los dos o tres años siguientes fui acumulando cambios que, vistos uno por uno, parecían pertenecer a mundos diferentes. Empezaron los dolores en las articulaciones de las manos y los nudillos inflamados. Fui a dos médicos y recibí dos respuestas distintas: una me dijo que tenía artritis reumatoide y otra que no. No hubo mucho más que hacer, salvo tratar el dolor.

Mientras tanto, también estaba ocurriendo algo que me desconcertaba especialmente: mi peso había dejado de responder como antes.

Después de un embarazo gemelar, que llegó tras un tratamiento de fertilidad, nunca había recuperado mi peso previo al embarazo. Pero había conseguido estabilizarme dentro de esa nueva realidad. Años después, sin hacer nada diferente, empecé a ganar peso de una manera que no conseguía entender. En pocas semanas engordé cinco kilos y llegué a 77,5 kg midiendo 1,62 m.

Lo más frustrante era que yo sentía que estaba haciendo las cosas bien. Caminaba más de 10.000 pasos al día, hacía ejercicio, comía comida real, no picaba entre horas y controlaba mucho el alcohol. Incluso había probado diferentes versiones del ayuno intermitente. No entendía qué había cambiado.

Y cuando haces lo que se supone que tienes que hacer y tu cuerpo no responde como esperabas, es muy fácil empezar a pensar que el problema eres tú.

Quizá debería comer menos. Quizá tendría que hacer todavía más ejercicio. Quizá me faltaba fuerza de voluntad. Quizá no me estaba esforzando suficiente.

Pero el peso no era lo único que estaba cambiando.

También estaba la irritabilidad. A veces sentía que era incontrolable. Recuerdo incluso ser consciente, mientras ocurría, de que era la amígdala la que estaba reaccionando y, aun así, no conseguir frenarme. Después llegaban la frustración y la culpa. Me sentía mala madre, mala compañera, una persona que no conseguía controlar algo que antes había sabido gestionar.

Y todo aquello convivía con una imagen exterior que no tenía demasiado que ver con lo que estaba ocurriendo por dentro. Yo seguía siendo una persona fuerte de cara a la galería. Funcionaba, trabajaba, seguía adelante. Pero estaba rota.

Hubo llantos incontrolables, ansiedad, depresión, taquicardias y una tristeza que en algunos momentos llegó a ser muy profunda. También tuve pensamientos autodestructivos.

Después estaba el cansancio. Un cansancio constante que se agravaba por los despertares en mitad de la noche y por no poder volver a dormirme. Y, una vez más, aparecieron soluciones que trataban de aliviar los síntomas sin que yo llegara a entender qué estaba pasando. Medicamentos acabados en «-pan» que no solucionaban realmente el problema.

Todo aquello se fue acumulando durante un periodo de dos o tres años.

Y creo que ahí estaba una de las dificultades principales: yo estaba mirando cada síntoma por separado.

Tenía un problema de memoria. Otro de articulaciones. Otro con el peso. Otro de sueño. Otro de ansiedad. Otro de estado de ánimo.

No sabía que muchas de aquellas experiencias podían aparecer durante una misma etapa de la vida.

Cuando el cuerpo empieza a cambiar y no sabes por qué

Con el tiempo empecé a entender que algunos de aquellos síntomas podían estar relacionados con la transición hacia la menopausia.

La perimenopausia no comienza necesariamente cuando desaparece la menstruación. Es una etapa de transición en la que se producen cambios hormonales y pueden aparecer diferentes manifestaciones físicas, metabólicas, cognitivas y emocionales. No todas las mujeres las experimentan de la misma manera ni tienen que presentar los mismos síntomas.

Uno de los problemas es precisamente ese: que no existe una única forma de vivir la perimenopausia.

En algunas mujeres los primeros cambios son muy evidentes en el ciclo menstrual. En otras aparecen alteraciones del sueño, sofocos, cambios en el estado de ánimo, dificultades de concentración, cambios en la composición corporal o molestias musculoesqueléticas. Y, en ocasiones, varios de estos cambios aparecen al mismo tiempo.

Eso puede hacer que sea difícil reconocer que existe un contexto común.

La memoria y la llamada niebla mental

En mi caso, la memoria fue uno de los primeros motivos de alarma. El miedo a que estuviera ocurriendo algo neurológico serio fue mucho mayor porque tenía el antecedente de mi abuela.

Hoy sabemos que durante la transición menopáusica algunas mujeres experimentan dificultades subjetivas de memoria, concentración o atención, lo que popularmente se conoce como «niebla mental». Los cambios hormonales pueden influir en determinados procesos cerebrales y, además, hay otros factores frecuentes durante esta etapa que pueden empeorar la concentración, como dormir mal, el estrés, la ansiedad o los cambios en el estado de ánimo.

Pero hay una distinción que considero fundamental: no todo problema de memoria después de los 40 es perimenopausia.

Por eso, si los olvidos son importantes, empeoran o interfieren con la vida cotidiana, hay que consultar y valorar otras posibles causas. En mi caso, acudir al neurólogo y realizar las pruebas correspondientes fue lo adecuado.

Que las pruebas estuvieran bien no significaba que yo me hubiera inventado lo que estaba sintiendo. Significaba que había que seguir buscando una explicación.

El dolor y la inflamación de las articulaciones

Algo parecido me ocurrió con las manos. Los nudillos se inflamaban y me dolían, y las respuestas médicas que recibí fueron diferentes.

El dolor y la rigidez articular son frecuentes durante la transición menopáusica y los cambios hormonales pueden influir en diferentes tejidos y procesos relacionados con el sistema musculoesquelético. Sin embargo, tampoco podemos atribuir automáticamente cualquier dolor articular a la perimenopausia.

Una artritis inflamatoria, una enfermedad autoinmune u otras patologías pueden producir síntomas parecidos y requieren una valoración específica. Por eso, cuando existe inflamación visible, dolor persistente o rigidez importante, es necesario descartar otras causas.

Para mí, esta fue una de las primeras lecciones importantes: entender que la perimenopausia puede influir en determinados síntomas no significa convertirla en la explicación de todo.

Cuando el peso deja de responder como antes

El cambio de peso fue probablemente uno de los aspectos que más me hizo cuestionarme a mí misma.

Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Caminaba, hacía ejercicio, comía de una determinada manera y había probado diferentes estrategias para controlar mi alimentación. Sin embargo, mi cuerpo empezó a responder de una forma diferente.

Durante la transición menopáusica pueden producirse cambios en la distribución de la grasa corporal y en diferentes aspectos relacionados con el metabolismo. La disminución progresiva de masa muscular asociada al envejecimiento también puede influir en el gasto energético y en la composición corporal.

Pero tampoco existe una única explicación. El sueño, el estrés, la actividad física, la alimentación, la edad y otros factores intervienen en el peso corporal.

Por eso no me convence el mensaje de que «a partir de los 40 todo es hormonal». Pero tampoco me parece justo reducir cualquier aumento de peso a una supuesta falta de disciplina.

En mi caso, una de las preguntas que más me ayudó a cambiar la perspectiva fue dejar de preguntarme solamente «¿qué estoy haciendo mal?» y empezar a preguntarme «¿qué está cambiando en mi cuerpo y qué necesita ahora?».

El sueño, el cansancio y el estado de ánimo

Los despertares nocturnos fueron otra parte importante de aquellos años. Me despertaba en mitad de la noche y muchas veces ya no conseguía volver a dormir. Al día siguiente estaba agotada.

Dormir mal durante mucho tiempo no afecta únicamente a la energía. También puede influir en la concentración, el estado de ánimo, la percepción del dolor, el apetito y la capacidad para afrontar el estrés.

Los problemas de sueño son frecuentes durante la transición menopáusica, pero tampoco todo insomnio después de los 40 tiene que deberse a las hormonas. El estrés, la ansiedad, determinados trastornos del sueño, algunos medicamentos y otras condiciones de salud también pueden intervenir.

Con el estado de ánimo ocurre algo parecido. Los cambios hormonales de la transición menopáusica pueden influir en el estado emocional y algunas mujeres experimentan más irritabilidad, ansiedad o cambios de ánimo. Pero una depresión o una ansiedad intensa no deberían normalizarse simplemente porque una mujer esté atravesando la perimenopausia.

En mi caso, hubo momentos especialmente difíciles. Y creo que es importante contarlo porque durante mucho tiempo tuve la sensación de que, si era una persona fuerte y había conseguido afrontar otras situaciones complicadas, debería ser capaz de controlar aquello también.

No siempre funciona así.

El momento en que decidí estudiar nutrición

Llegó un momento en el que necesitaba entender qué estaba pasando.

Así que hice algo que cambiaría mi vida: estudié nutrición.

No empecé a estudiar para escribir un libro. Lo hice porque necesitaba respuestas. Quería entender cómo funcionaba mi cuerpo, qué podía estar relacionado con aquellos cambios y qué podía hacer yo para acompañarlos mejor.

Estudiar nutrición me dio herramientas para investigar, para leer, para contrastar información y, sobre todo, para empezar a mirar el cuerpo de una manera más global.

Poco a poco fui entendiendo que quizá no tenía delante una colección de problemas independientes. Había un contexto que merecía ser tenido en cuenta.

Y empecé a comprender que la perimenopausia podía estar detrás de una parte importante de lo que estaba viviendo.

No fue descubrir una palabra que explicara mágicamente todos mis síntomas. No creo que funcione así.

Fue aprender a mirar el conjunto.

Entender que mi cuerpo estaba atravesando una etapa diferente y que algunas cosas que antes funcionaban podían dejar de funcionar exactamente igual. Entender también que había aspectos sobre los que podía actuar y otros que necesitaban una valoración profesional.

Y, sobre todo, dejar de pensar constantemente que estaba haciendo algo mal.

Lo que me habría gustado encontrar entonces

Durante aquellos años encontré muchísima información. Probablemente más de la que necesitaba.

Había consejos sobre alimentación, ejercicio, ayuno, sueño, estrés, suplementos, hormonas, peso y prácticamente cualquier otro aspecto relacionado con la salud después de los 40.

El problema era otro: ¿cómo se supone que debía convertir toda esa información en algo que pudiera aplicar a mi vida?

Porque saber que hay que comer mejor no te dice necesariamente por dónde empezar. Saber que el ejercicio es importante no significa que tengas que cambiar toda tu rutina de un día para otro. Saber que el sueño importa no hace que automáticamente puedas dormir ocho horas.

Yo necesitaba orden.

Necesitaba un punto de partida.

Necesitaba dejar de intentar hacer diez cosas diferentes al mismo tiempo y poder centrarme en pequeños cambios, observar qué ocurría y avanzar desde ahí.

Y esa necesidad estuvo en el origen de 21 Días de Desinflamación Metabólica.

Por eso escribí 21 Días de Desinflamación Metabólica

Seis años después de empezar aquel proceso, decidí escribir el libro que a mí me habría gustado encontrar cuando estaba intentando entender qué me estaba pasando.

21 Días de Desinflamación Metabólica: Protocolo Glownidia. Tu diario de victorias no nació de la idea de añadir otro libro de consejos a todos los que ya existen.

Nació de una necesidad mucho más sencilla: poner orden.

Por eso es un diario práctico y guiado de 21 días. Porque comprender lo que ocurre en esta etapa es importante, pero después aparece una pregunta inevitable: ¿qué hago con todo esto?

El diario propone un recorrido para llevar determinados cambios relacionados con alimentación, movimiento, descanso y hábitos a la práctica de una forma estructurada. No pretende solucionar en 21 días todos los cambios que puede experimentar una mujer durante la perimenopausia ni sustituye la valoración de un profesional sanitario.

Lo que pretende es algo más concreto: ofrecer un punto de partida.

Un lugar donde dejar de acumular recomendaciones y empezar a convertirlas en acciones.

Y también un lugar donde reconocer los pequeños avances. De ahí el concepto de «diario de victorias».

Porque cuando llevas tiempo sintiendo que tu cuerpo no responde como antes, es muy fácil centrarte exclusivamente en lo que todavía no has conseguido. Registrar lo que sí haces, lo que incorporas y lo que vas aprendiendo puede cambiar también la manera en la que vives el proceso.

Mujer en su cocina, con una taza de té y su Diario de victorias, serana y confiada.

Comprender antes de actuar

Esta es, en realidad, la idea que está detrás de Glownidia.

Comprender antes de actuar.

No porque necesitemos saberlo absolutamente todo antes de hacer cualquier cambio, sino porque actuar desde la confusión suele llevarnos a saltar de una solución a otra.

Una dieta.

Un suplemento.

Un ayuno.

Una recomendación que alguien ha visto en redes sociales.

Otra que contradice completamente la anterior.

Yo también pasé por esa búsqueda.

Y por eso no quería crear un proyecto que simplemente dijera a las mujeres qué tienen que hacer. Quería crear un espacio donde pudieran entender mejor los cambios que experimenta el cuerpo en esta etapa y encontrar herramientas para acompañarlos de una manera más consciente.

El libro que me habría gustado tener

No puedo volver atrás y darme el libro que necesitaba cuando todo esto empezó.

No puedo recuperar los años de dudas, ni las horas buscando explicaciones, ni la incertidumbre de pensar que quizá estaba haciendo algo mal.

Pero sí puedo intentar que otra mujer tenga que pasar por un camino un poco menos confuso.

Ese es el motivo por el que escribí 21 Días de Desinflamación Metabólica.

Porque si cuando yo tenía poco más de 40 años hubiera encontrado una herramienta que me ayudara a poner orden, probablemente me habría ahorrado muchos quebraderos de cabeza.

Y eso es lo que me gustaría que este libro pudiera hacer por quien lo tenga entre las manos: no decirle que todo lo que le ocurre tiene una única explicación, sino ayudarla a comprender mejor su contexto, a ordenar sus hábitos y a empezar a actuar desde un lugar más informado y menos lleno de ruido.

Porque quizá la pregunta no sea siempre «¿qué estoy haciendo mal?».

A veces merece la pena empezar por otra:

«¿Qué está cambiando en mi cuerpo y qué necesita ahora?»

Otras preguntas de los usuarios (FAQ)

¿A qué edad pueden empezar los síntomas de la perimenopausia?

La perimenopausia suele comenzar entre los 40 y los 45 años, aunque en algunas mujeres aparece antes. Los síntomas pueden ser sutiles al principio y confundirse con estrés o cansancio acumulado.

¿Es normal tener varios síntomas a la vez sin que estén relacionados con el ciclo menstrual?

Sí, es habitual. Muchos síntomas de la perimenopausia, como la niebla mental, el dolor articular o los cambios de peso, no dependen directamente de si la regla es regular o no, sino de la fluctuación hormonal de fondo.

¿Cómo distingo si un síntoma es perimenopausia u otra cosa?

No hay una forma de saberlo con certeza solo por los síntomas. Lo más fiable es acudir a un profesional que valore el conjunto, descarte otras causas cuando sea necesario y confirme si tiene sentido relacionarlo con la transición hormonal.

¿Hace falta un análisis de hormonas para confirmar que es perimenopausia?

No siempre. En la perimenopausia, los niveles hormonales fluctúan tanto que una analítica puntual no siempre refleja lo que está ocurriendo. El diagnóstico suele apoyarse más en los síntomas y en la evolución del ciclo que en un único análisis.

¿Puede la alimentación ayudar durante la perimenopausia?

La alimentación forma parte del conjunto de hábitos que pueden contribuir a la salud metabólica y general durante esta etapa. No existe, sin embargo, una única alimentación válida para todas las mujeres ni una dieta que sustituya la valoración individual cuando existen síntomas o problemas de salud.

¿Quieres pasar de la teoría a un método paso a paso?

En mi libro 21 días de Desinflamación Metabólica: Tu diario de victorias, he condensado este enfoque en un protocolo claro de 3 semanas, diseñado para acompañarte a entender tu cuerpo, medir tus avances y crear hábitos sostenibles sin improvisar.

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